• Pablo Galván

¿Te has detenido un momento a oler las rosas?

Me atrevo a decir que todos en esta vida buscamos un balance.


Equilibrar nuestra carga de trabajo con nuestra vida familiar, de pareja, social e incluso con el tiempo personal puede parecer, en ciertas ocasiones, una tarea titánica, ya no solo de conseguir sino de mantener. Así como la dieta para bajar de peso va ligada a una temporalidad, un proyecto empresarial está sujeto a plazos por cumplir y una receta marca períodos exactos para llegar al resultado deseado, la fórmula que manejamos para planear una boda conlleva también su buena parte de tiempos estructurados, ventanas de acción y márgenes de seguridad.



Cuando un paso no se cumple según lo pautado o una tarea en específico lleva tiempo sin poder concretarse, el estrés aparece. A la par de él, se presenta la corte completa: la angustia, la ansiedad, la frustración y -por qué no- el enojo.


Estos personajes llegan a instalarse evidentemente en las dos partes de la relación, bajo formatos muy distintos según cada personalidad: del lado del cliente, de los novios, pueden aparecer porque se sientan presionados por nosotros por cumplir con tareas en tiempos que no han hecho hasta entonces. Puede ser, también, que lo detone factores que no pueden controlar o que no están en las manos de nadie. Incluso también puede ser porque nosotros, por una u otra razón, no cumplamos con una ventana de tiempo. Al final del día, todos somos humanos y estamos sujetos a designios que a veces nos rebasan.


En nuestro caso, esa misma corte de personajes se presenta cuando no vemos respuestas por parte del cliente cuando son necesarias y representan pasos importantes de culminar para poder avanzar en el proceso. Llega cuando no tenemos luz sobre un departamento que se ve amenazado por ocupaciones ajenas. Llega cuando la banda de pendientes se satura tanto que no tenemos tiempo ni de pausar un momento. Llega incluso cuando la inspiración para diseñar conceptos se ha ido por completo.


Sea lo que sea que cause esto, la razón llega a ser irrelevante en gran parte porque existen personas que son más propensas a reaccionar negativamente frente a las cosas que no están en su control por una u otra razón: el clima, la madre naturaleza, la pandemia, la vida y la muerte, los caminos y vialidades, entre otros, y la cosas que sí pueden controlar pero no se empeñan en resolver; y otras tantas que, contrario a las primeras, se toman la vida un poco más a la ligera y saben sobrellevar las cosas y situaciones emergentes con un enfoque mucho más positivo y relajado.


Gaby y Nacho, los hedonistas de ROSAVENTO, eran así.


¿Alguna vez han envidiado de buena manera la actitud de alguien en la vida, que les parece atractiva? A mí me pasó con estos dos. Día que los veía, día que se conducían con una tranquilidad, ligereza y jovialidad tan contagiables que sentía como si estuviera recibiendo terapia por parte de un caballo. No es broma.


Durante todo el proceso, lo poco -según a mi parecer e interpretación- que pudo ponerlos nerviosos (como el aumentar cuarenta personas casi al último, o saber que muchas personas no confirmaban cuando ya debíamos reportar el número final) causó en ellos lo que una gota de agua causa al caer en el mar: sabemos que suma de alguna forma pero su transición es imperceptible.


Así fue con ellos: bastaba un "regaño" ligero y bromista de mi parte para yo dar un punto sobre algún asunto de aparente urgencia y saber, a la siguiente vez que los veía, que la solución se había encontrado. Por el contrario, aquellas cosas no atendidas cuyos tiempos rebasaron los límites pautados al final del proceso, si bien para nosotros representaron una carga inesperada de trabajo y un cambio de tiempos en el montaje a último momento, para ellos fue un aparente estado ecuánime, latente, acompañado de risas y sonrisas. No olvidaré lo que Gaby me dijo en uno de los últimos días:

-Confío tan ciegamente en ustedes como equipo que de verdad sé que todo saldrá perfecto-.



ROSAVENTO representó los caminos que cada uno, Gaby y Nacho, han recorrido por su lado para luego converger en un centro en común, coronado por la rosa de los vientos, en un espectáculo del cual ellos son parte evidente, tanto como actores como espectadores. El placer de haber encontrado su centro se manifiesta de muchas formas, y en ROSAVENTO fue un despliegue sutil de la tauromaquia, la cultura española, la música flamenca, los accesorios alusivos y por supuesto, una colección de arte abstracto que decoraba los puntos más protagónicos.


Es aquí cuando todo encaja: no solo se trató de haber recreado una plaza de toros con los cuatro caminos y haberla revestido de arte y representaciones taurinas, sino que se desenvolvió como una experiencia integral donde todo, el lugar, ciertos bocadillos, la música, los recipientes, los rituales, los bailes, estuvo encaminado a una misma línea de disfrute: el hedonismo que en la pareja encontré.


Hedonismo porque amén de que se trata de una boda donde el fin es la celebración de su unión y se espera, por obvias razones, disfrutarlo con su gente, es la actitud con que se lleva adelante. Actitud para entender y disfrutar los tiempos minuto a minuto; actitud para valorar cada paso del programa y lo que éste implicaba; actitud para comportarse serenos y agradecidos por todo lo que entretuviera sus sentidos.


Cuando terminó mi turno y los novios y mi equipo nos encontramos en la suite de Valentina y Piedra, antes de irme, Gaby y Nacho platicaron conmigo tan relajados y tan entregados que me daban ganas de decirles que dejaran de hablar conmigo para que fueran a disfrutar su boda.


Detenerse a oler las rosas es algo que muchos conocen y pocos lo hacen. Gaby y Nacho me recordaron eso: cada paso que dieron, cada junta con ellos, cada instante del día de su boda, me hizo partícipe de su enfoque apreciativo de las cosas en su vida, pero sobre todo, de los tiempos para saber disfrutar. Quizás fue por ellos que el domingo me entregué por completo al descanso, cuando otros hubiera seguido trabajando. Quizás por ellos, al terminar este artículo, me serví un vaso de whiskey y dejé el celular. Y sé, sin duda alguna, que por ellos (y por otro ángel en mi camino cuyo nombre empieza con A y del cual hablaré en un par de semanas a bordo de un lujoso barco trasatlántico -sort to speak-) que hoy me propongo recuperar ese balance tan preciado en mi vida.














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