• Pablo Galván

Hay ángeles entre nosotros.

Vamos por la vida inmersos en el ritmo que cada uno de nosotros elige. Somos responsables de nuestras decisiones y lo que éstas conllevan. Para bien o para mal, recogemos aquello que sembramos. Y, de vez en cuando, muy de vez en cuando, nos sorprendemos cuando algo cae fuera de la caja de nuestras expectativas y simplemente no podemos creer lo que frente a nosotros se presenta.


Ana Lau y Jon fueron esa sorpresa inesperada. La forma en que se presentaron distó mucho de lo que pude haber esperado en mil aspectos de esta boda; y son una prueba más de que, evidentemente, no hay coincidencias en esta vida y todo tiene su temporalidad perfecta, tanto para ellos como para nosotros, como para mí.


Durante todo el proceso disfrutamos tener a bordo a esta pareja, tanto mi equipo como yo, y a diferencia del Titanic, este viaje tuvo un final feliz. Lo que yo no sabía era el regalo tan maravilloso que la vida me puso en frente y que, curiosamente, tardé en detectar.


Verás, cuando me llega un cliente que nos quiere llevar a un lugar que no hemos conocido y que rompe con tus esquemas aprendidos sobre tantas otras locaciones, tiendo a arrojar la moneda al aire y basar mi aceptación enteramente en lo que la pareja me demuestra, me vibra. No solo se trata de que ellos nos escojan, sino de que yo quiera formar parte de su historia de boda. Me aventuré con ellos a pesar de que en la primera cita solo estuvo Ana Lau presente, en videollamada, y a la cual Jon tardó incluso en incorporarse.


Sin embargo, la corazonada estuvo presente y sobre la marcha encontraría bendiciones en ellos que no hubiera esperado. Bendiciones en forma de atenciones de su parte, cenas, reuniones largas con vino y martinis secos, que, pasados los temas laborales, forjaron algo más poderoso y sólido. Bendiciones en forma de detalles y palabras que no sabría yo cuánta falta necesitaba en esos momentos de presión. Ana Lau y Jon fueron los primeros clientes que un día me hicieron una especie de intervención: reconocieron en mí una fatiga impresionante, la falta de descanso y las presiones de la temporada, de lo que nuestra garantía de diseñar conceptos únicos e irrepetibles representa. No exagero cuando digo que esto es tanto una bendición como una maldición a la que no solo yo di mi firma como Ariel se la da a Úrsula, sino todo mi equipo por añadidura. Y ellos lo saben. Lo viven día a día.


Con su boda a la vuelta de la esquina, uno pensaría que demandando obtendrían más, pero el camino que ellos eligieron me llegó al corazón y a partir de entonces empecé a tomar cartas en el asunto para recuperar ese propósito tan anhelado de hacer una empresa de organización y diseño de bodas más saludable en tiempos y procesos. Incluso cuando me enfoqué a diseñar algo basado en sus personalidades, creyendo que lo conocía todo sobre ellos, oh sorpresa, estuve del todo equivocado. ¿Qué hicieron ellos? Confiaron.


Mi interpretación fue errónea y no sabía que lo que ellos inspiraban, era algo con lo que yo también me identificaba. Podrías pensar que, sabiendo mi afición a la historia de este lujoso barco, yo pude haber impuesto su diseño por mero capricho personal o por descalificar las inclinaciones de Ana Lau y Jon. Pero la realidad fue enteramente lo contrario: Ana Lau, una mujer de veinticinco años, me demostró una madurez superior a muchísimas personas que en los mismos años he conocido, y una rectitud y propiedad que, honestamente, dirías que no son de esta época. Jon, al contrario, era más visceral, directo, dominante, pero no por ello menos considerado. Un día le pregunté a Jon por qué, si en todas esas conversaciones en las que me dejó conocer su manera de conducirse en la vida personal y profesional, no fue un tiburón conmigo, y su respuesta fue algo así como: "Tu vibra, Peibol Gee, simplemente no daba para eso".


Y así salió a la luz su concepto de boda, R.M.S. VERANDA, inspirando a la lujosa veranda de día del Titanic y la incorporación de los rincones más emblemáticos del famoso buque, como las escaleras de primera clase y el icónico reloj central.

Más allá de la estética de la veranda, este concepto de boda representó la fusión de sus esencias, historias personales, trayectorias y deseos mutuos. Lo más maravilloso e irónico fue que tardé en detectarlo. En mi afán y deseo de hacer una producción inspirada en este barco trasatlántico, no creí que fuera viable que un cliente me permitiera realizarlo. Y cuando finalmente la oportunidad tocó a mi puerta, algo en mi hizo impacto. Ese mismo día, viendo los números de un concepto que no estaba destinado a ellos, volví a casa y trabajé hasta muy entrada la madrugada en lo que hoy sería R.M.S. VERANDA.



Los ángeles viven entre nosotros. Ana Lau y Jon entraron a mi vida para recordarme las cosas que realmente importan, las cosas a las que debemos darle verdadero valor. Representaron para mi esa llamada de ayuda cuando más lo necesitaba. Pero para reconocer esta mano amigable, muchas veces nuestro ego o vanidad nos impide verlo con claridad. Cuida mucho lo que le pidas a la vida, porque para bien o para mal, se hará realidad. Mantente vigía para detectar aquellas cosas que vienen a tu camino para enseñarte en forma de impactos, pero más aún para reconocer las bondades que entre humanos puedan enriquecerte.







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